En Marruecos, los únicos pronósticos electorales que se cumplen son los del ministerio del Interior.No importa lo que digan y predigan los sondeos de opinión, los resultados electorales concuerdan siempre con los anticipados por las instancias de un ministerio que, según el dicho popular, es el único "partido" con representación en todos los rincones de la nación.
Derrotado el islamismo, queda la pobreza como otro gran motivo de inquietud
La más baja participación de la historia legislativa de Marruecos
Domingo del Pino. Publicado como Opinión en el Diario Critico de 11 de Septiembre 2007
Las octavas elecciones legislativas desde la independencia en 1956 celebradas en Marruecos el pasado fin de semana demostraron una vez más que en el país vecino los únicos pronósticos que se cumplen son los del ministerio del Interior. Desde mediados de 2006 diversos sondeos, entre ellos el más alarmante del Republican Institute norteamericano, predecían que en estos comicios se produciría una especie de marea islamista que daría el control absoluto de la Cámara al islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD).
El ministerio del Interior marroquí anticipaba, por el contrario, que los comicios confirmarían el mapa político existente. Salvo los casi obligados corrimientos en el escalafón político debidos a que los electores en Marruecos, como en cualquier otro país, castigan a los partidos que han gobernado, el mapa político del Marruecos profundo y subterráneo sigue pareciéndose mucho – para el ministerio del Interior – al que ha prevalecido en comicios anteriores.
La magia parece conservar toda su vitalidad a pesar de que solo unos días antes de la consulta electoral era enterrado en Marruecos, con toda discreción, el hombre de la “chistera” mágica, el de todos los milagros políticos ocurridos durante el reinado del rey Hassán II, el otrora poderoso ministro del Interior, Driss Basri.
El istiqlal, primera fuerza en el Parlamento
¿Qué ha ocurrido ahora y qué puede cambiar ahora ? En lo estrictamente administrativo nada especial a juzgar por los resultados, salvo que el partido nacionalista Istiqlal, con 52 escaños de 325 pasó de ser segunda fuerza en el Parlamento de 2002 a primera fuerza en el próximo de 2007; que el islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), con 47 escaños, un poco más que en 2002, pasó del tercer puesto al segundo; que el gran partido que aglutina a los bereberes, el Movimiento Popular (MP), con 43 diputados mantiene casi el mismo número de escaños que tenía en la legislatura anterior y pasa al tercer lugar en vez del quinto y sexto lugar que en la legislatura anterior ocupaban los dos partidos bereberes que entonces existían y que ahora concurrieron unidos.
La Agrupación Nacional de los Independientes (RNI), uno de esos partidos originalmente creados por el ministerio del Interior ocupa con 38 diputados, prácticamente el mismo número que en 2002, el mismo cuarto puesto en la Cámara.
La verdadera sorpresa es la del partido Unión Socialista de Fuerzas Populares, (USFP), que con solo 36 diputados deja el primer puesto que tenía en la Cámara de 2002 y pasará al quinto lugar en la próxima cámara de 2007.
La Unión Constitucional, otro partido administrativo – creado por la administración – en sus orígenes, casi duplica sus resultados en los pasados comicios de 2002, y el Partido del Progreso y del Socialismo (PPS) logra un avance relativo importante con respecto a 2002, a pesar de su escaso número de diputados.
Las denuncias que ha formulado el partido islamista PJD de una presunta compra masiva de votos por los partidos vencedores, contrasta con las afirmaciones de los observadores internacionales sobre la imparcialidad y la transparencia del proceso electoral, al menos por parte de los organismos del estado, fundamentalmente del ministerio del Interior.
El 63 porciento de los inscritos se abstuvieron
El interés de esta última contienda legislativa marroquí no está tanto en lo que los electores han decidido, como en aquello que han rechazado. Una abstención del 63 por ciento de los electores inscritos, la más alta de las siete consultas que habían sido celebradas con anterioridad desde 1963, sugiere que los procesos electorales en Marruecos han terminado por interesar muy poco a la sociedad marroquí.
El número de votos emitidos nulos, superior al 19 por ciento, parece indicar que por primera vez un número importante de ciudadanos participan sólo para dejar constancia de que no quieren participar. A ellos se añaden los cerca de cuatro millones de marroquíes que no se tomaron la molestia de inscribirse en las listas electorales, y ese otro sector de marroquíes expatriados, más de tres millones, que no tuvieron la oportunidad de votar.
En estas circunstancias la pregunta más adecuada no es qué grado de fraude ha podido darse en esta consulta electoral – que en términos relativos parece haber sido limpia – sino para qué sirven las elecciones en Marruecos.
En efecto, con este resultado electoral o con cualquier otro, los artículos 19, 24, 26, 27, 30, 33, 60, 67, 68, 69 de la Constitución marroquí no solo consagran el carácter ejecutivo de la monarquía marroquí, sino la pervivencia de parte de sus originales prerrogativas califales que la convierten más que en ejecutiva, en absoluta.
El artículo 2, en particular, faculta al rey para nombrar al Primer Ministro con total independencia de los resultados electorales. Hasta los comicios de 1997, en virtud de ese mismo articulo el rey nombraba también a los ministros, pero este segundo aspecto fue modificado con posterioridad para que el jefe socialista Abderrahman Yussufi pudiera ser nombrado jefe del gobierno por el rey Hassan II sin perder la credibilidad y el apoyo incluso de dirigentes de su partido que no estaban de acuerdo en participar en un gobierno con escasas posibilidades de gobernar realmente.
Cuando los pronósticos sugerían que el rey se decantaría tras los comicios de 2002 por reconducir el gobierno de Abderrahman el Youssoufi, cuyo partido había sido el más votado, el rey Mohamed VI, retomando las tradiciones de su padre, nombraba primer ministro al entonces ministro del Interior, Driss Jettou, que ni siquiera era diputado. Jettou recuperaría para su gobierno a los hombres más preparados de la USFP, como Fatallah Oualalou, Habib el Malki y otros, pero el gobierno no lo dirigiría el partido ganador de las elecciones.
En los próximos días el rey Mohamed VI debe proponer al primer ministro y éste a su vez, con el inevitable consejo del rey, debe proponer a los ministros. Desde ese punto de vista nada ha cambiado en Marruecos.
Lo que cambia, aunque no de manera dramática, es que el islamismo oficialista en Marruecos, al igual que en Argelia, pierde adeptos porque el terrorismo se ha convertido en un revulsivo para sus electores aunque estos partidos,casi todos moderados, no estén en el origen de ese terror. Al igual que el electorado de los partidos políticos tradicionales, el electorado inclinado al islamismo no le ve ninguna utilidad práctica a participar de un poder en el que no pueden decidir nada esencial.
Queda el terrorismo de origen islamista que tiene sus propias redes y conexiones internacionales y que constituye un fenómeno aparte, y ese otro Islam que representa el partido Justicia y Caridad, *Al Adl ual Ihsan*, que por las mismas razones que el electorado boicotea unos comicios de los cuales no cree que pueda salir ningún auténtico gobierno sin recortar primero las prerrogativas de la monarquía.
En Marruecos el PJD se opuso a parte de la reforma de la *Mudawana* (el estatuto personal y familiar) aprobado bajo inspiración de Mohamed VI que a pesar de sus limitaciones, introducía reformas en el estatuto de la mujer que los islamistas no estaban dispuestos a concederle. La mujer, aunque es históricamente la gran ausente de los parlamentos marroquíes, si tiene una participación administrativa, cultural y política importante en Marruecos y no deja de ser el sector social más combativo y más esperanzador para el futuro.
Aunque los partidos islamistas suelen mostrar una afiliación femenina superior a la de los partidos no religiosos, las mujeres social y políticamente más influyentes se encuentran, como en el resto del Magreb, fuera del islamismo.
Incapacidad de los gobiernos de lograr desarrollo económico y proporcionar bienestar para todos
Pero ni siquiera el islamismo, que en Marruecos es comparado con otros relativamente moderado, es el verdadero problema del país. Partidos como el Istiqlal defienden con igual sensatez la exigencia de que la sociedad marroquí pueda vivir conforme con su cultura y sus tradiciones islámicas. Además del terrorismo, el problema de Marruecos es sobre todo la incapacidad de todos los gobiernos para lograr que el desarrollo económico y el bienestar que se supone debe aportar alcance a todos.
Las pervivencias arcaicas en el entorno de la monarquía de lo que conocemos como el majzen, la red de relaciones, corrupción y apropiación de la riqueza al margen o desde la vida pública, han impedido que la pretensión inicial del rey Mohamed VI de convertirse en el rey de los pobres pase de ser un eufemismo sin ninguna correspondencia con la realidad.
Resulta evidente que la economía marroquí se desarrolla, que tanto los países árabes conservadores, que ahora invierten en Marruecos y en el Magreb en general aquello que no pueden invertir con seguridad en Estados Unidos o en otros países occidentales, y el indudable apoyo a Marruecos tanto de Estados Unidos como de Europa, están convirtiéndole en un país económicamente desarrollado pero con una población marginada de esa bonanza.
La mitad de la población sigue siendo analfabeta, y los salarios bajos siguen haciendo del país un paraíso para los inversores a la búsqueda de salarios bajos. Su atractivo es ese y en él está basado su desarrollo. Por cuánto tiempo, es difícil de predecir.
A pesar de todo, la ciudadanía marroquí sigue siendo una de las más responsables del mundo árabe, su sociedad civil se organiza y participa, al igual que sus instituciones sociales para la defensa de los derechos humanos y en proyectos de solidaridad nacional con sectores olvidados por los gobiernos. La prensa, a pesar de la represión de que sigue siendo objeto por parte del poder, es comparativamente a la que existía hasta la década de los años noventa, mucho más libre y desde luego más combativa.
El régimen se afana ahora por reformar la ley de prensa y recortar de nuevo las libertades de los medios y de los periodistas, pero como decía Carlyle cuando se ha probado, la libertad es irrenunciable. El dicho de que cada pueblo se merece al régimen que tiene se ve desmentido cada día en Marruecos.
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