Problemas económicos bilaterales de delicada solución y las reivindicaciones territoriales de Rabat aparecen como las grandes cuestiones a resolver en las relaciones hispano-marroquíes. El presidente del Gobierno español, Felipe González, viaja mañana a Marruecos en la primera visita de Estado del jefe ejecutivo desde que los socialistas vencieron en las elecciones legislativas del pasado 28 de octubre. La evolución de los acontecimientos en el Magreb y la prioridad que las autoridades españolas parecen haber concedido a las relaciones con los vecinos del Norte de África confieren a este viaje un interés especial. Sobre todo si se recuerda que el vicepresidente Alfonso Guerra acaba de regresar del otro gran país magrebí, Argelia.
España-Marruecos, una extraña herencia colonial
Domingo del Pino Gutiérrez, Rabat 27 Marzo 1983
El presidente del Gobierno español, Felipe González, viaja mañana a Marruecos en la primera visita de Estado del jefe ejecutivo desde que los socialistas vencieron en las elecciones legislativas del pasado 28 de octubre. La evolución de los acontecimientos en el Magreb y la prioridad que las autoridades españolas parecen haber concedido a las relaciones con los vecinos del Norte de África confieren a este viaje un interés especial. Sobre todo si se recuerda que el vicepresidente Alfonso Guerra acaba de regresar del otro gran país magrebí, Argelia.
Desde la independencia de Marruecos, en 1956, las relaciones hispano-marroquíes siguieron una evolución azarosa, pero sin ningún progreso que pueda considerarse sustitutivo, con criterios modernos, de la intimidad que existió durante el protectorado.A lo largo de todo un siglo de presencia colonial en Marruecos, España demostró que no estaba en condiciones de llevar a cabo una auténtica labor colonizadora. No se lo permitía ni su desarrollo industrial y tecnológico ni una burguesía nacional que no estaba interesada en los aspectos de dominación económica que implicaron siempre las colonizaciones clásicas.
El protectorado hispano-francés sobre Marruecos a partir de 1912 fue, sobre todo, una colonización francesa. En la zona atribuida a Francia quedaba incluido el Marruecos económica y políticamente esencial. La zona españo la, colocada bajo la autoridad, de un jalifa, vivió marginada del ver.dadero juego de intereses, y las posteriores batallas del nacionalismo marroquí y la dinastía alauí por la independencia, y la restitución de la soberanía fueron, en lo que a España respecta, marginales.
Los marroquíes intuyeron la debilidad de España como colonizador, y en ocasiones trascendentales imaginaron poder hacer de Madrid un aliado ftente al verdadero colonialismo. Un caudillo que tan importante espina clavó en el orgullo nacional español, como Abdelkrim, fue el primero que quiso lograr esa colaboración.
El partido Istiqial, que por aquellos años agrupaba al nacionalismo marroquí de. todas las tendencias, tuvo la misma idea. Después de 1956, la transformó en un deseo de diversificar la excesiva exclusividad de las relaciones de Marruecos con Francia. Sin embargo, contrariando aquellas solicitudes, España colaboró militarmente con Francia para mantener a raya el nacionalismo.
Pero España, que no llegó a ser un auténtico colonizador en el sentido económico, se encontró en 1956 por el contrario, con un expediente típicamente colonial con Marruecos, expresado en las reivindicaciones territoriales marroquíes sobre Tarfaya, Ifni, el Sahara occidental, Ceuta, Melilla y las islas próximas a la costa norte de Marruecos.
Mientras en Madrid se defendía a ultranza esos territorios, impidiendo que España estableciese nuevas normas de cooperación, Francia se adaptaba rápidamente a la nueva situación. Con ello no sólo conservaría lo esencial de sus intereses económicos y culturales sino que, poco a poco, los extendería a lo que había sido, hasta entonces, el protectorado español.
Todavía hoy, cuando el presidente del primer Gobierno socialista español, Felipe González, viaja a Rabat, el conflicto territorial subyace como telón de fondo de unas relaciones que parece urgente normalizar y ampliar. Las declaraciones de los responsables socialistas que en algunos aspec-tos- no están de acuerdo con la práctica, sugieren, sin embargo, que este Gobierno tampoco puede sustraerse a las prioridades que imponen por sí mismos los vecinos magrebíes. Es el primero, sin embargo, que en el terreno de los principios parece contar con el instrumental necesario para estabilizarlas de una manera duradera
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