Pertenezco, con todos mis sentidos, a una de esas nacionalidades trasnacionales que forman parte de la praxis vital de muchos andaluces de mi generación. Soy ciudadano de una o de todas las Escalas de Levante que tan poéticamente describiera el escritor libanés Amin Maaluf. Mi espacio vital ha sido y es un mundo fantástico, mágico, periférico, que incluye Andalucía, Tánger y el Norte de Marruecos, y Cuba que para mí es una escala de Levante más. Domingo del Pino Gutiérrez. Publicado en el suplemento 75 Aniversario del periódico El Ideal de Granada, Mayo de 2007
Pertenezco, con todos mis sentidos, a una de esas nacionalidades trasnacionales que forman parte de la praxis vital de muchos andaluces de mi generación. Soy ciudadano de una o de todas las Escalas de Levante que tan poéticamente describiera el escritor libanés Amin Maaluf. Mi espacio vital ha sido y es un mundo fantástico, mágico, periférico, que incluye Andalucía, Tánger y el Norte de Marruecos, y Cuba que para mí es una escala de Levante más.
Una parte de mi vida transcurrió en ciudades imperiales por la grandeza de su pasado, Tánger, La Habana, Beirut, y Nicosia, testigos vivientes del encontronazo de culturas en el Mediterráneo y en El Caribe. Encontronazos por cierto nada retóricos como los vería la posteridad, o sea mis contemporáneos, sino ácidos a la manera de los Bitter Lemons de Lawrence Durrell, pero profundamente humanos.
Como El Alquimista, ese cabrero solitario que bien podía haber sido andaluz, de Paulo Coelho, he tomado té a la menta en la Escalera Waller de Tánger y llevado mis sueños hasta el mismo pié de las Piramides de Egipto. A mediados de los años setenta regresé a Andalucia con la tranquilidad espiritual de haber perseguido aquel sueño, para descubrir que el verdadero tesoro que buscaba se encontraba aquí. Era mi esposa, mi primera novia, con la cual me casé en el año de 1972.
Había cumplido ya dos de las tres condiciones que el poeta cubano José Martí creía que realizan a un hombre: plantar un árbol, escribir un libro, y tener un hijo. Árboles había plantado muchos en Cuba, y libro ya había escrito uno. El hijo vendría al año siguiente.
Fue el viaje de novios a Granada el que me permitió encontrar el cordón umbilical de aquella experiencia de mi vida que estaba todavía falta de un hilo conductor. Sentado en el Salón de embajadores de la Alhambra y contemplando la ciudad apoyado en el alféizar del balcón – entonces le dejaban a uno asomarse a él – pensé que allí, a mis pies, estaban resumidas todas las escalas de Levante que es como decir de todo lo humano.
La ciudad pivotaba alrededor de su universidad, que ejercía de corazón de la villa, al igual que las grandes medersas de Oriente lo fueron para las grandes urbes orientales. Desde entonces los pasos de mis sueños siempre me han devuelto, una vez y otra, a Granada. Todos mis sueños se reducen a fin de cuentas a uno solo: transmitir a los demás el valor de todas las culturas, la respetabilidad de todas las diferencias, y la facilidad con que la diversidad pasa desapercibida para quienes son diferentes cuando nada extraño las manipula, y cuando el foro, la plaza pública, está disponible para todos.
Con ese capital científico y cultural disponible, siempre me he preguntado por qué la ciudad de Granada no sabe o no puede capitalizarlo. Porque tanta abundancia de medios financieros languidece en los bancos mientras el tejido industrial mengua o no está a la altura de sus posibilidades. Porqué otras ciudades de Andalucía han logrado establecer vínculos modernos y provechosos con los pueblos de las culturas de origen, mientras Granada se contenta con ser el objeto permanente del deseo que ella misma invoca al reproducir una retórica general, un discurso dominante, que convendría modernizar.
El pasado puede que proporcione parte de las respuestas que se necesitan para saber cómo avanzar porque estamos en una región donde se inventaron los tawaef, las taifas, que trajeron el periodo más divertido, más sonriente y liberal, de la España musulmana, pero al mismo tiempo el fermento de su disgregación. Superarlo no es fácil, pero debo reconocer, con toda honestidad, que Granada me parece el lugar donde el tawafismo sigue vigoroso y floreciente. Como escribía Naguib Mahfuz en su novela El día del asesinato del líder: “Ella es la belleza, el sueño, y yo estoy aquí plantado, como una barrera, en medio del camino de esta oportunidad”.
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